¿Por qué cuando decides desechar lo que te hace daño, inesperadamente vuelve sin previo aviso?
A medida que una se hace mayor, cree que todo lo vivido es fruto de experiencias acumuladas. De todo se aprende, típica-tópica frase que te repites sin cesar a lo largo de toda tu vida. Pero yo me pregunto ¿qué he aprendido? ¿qué de bueno puedo sacar de una engaño contínuo y una filosofía barata? Veamos: promesas incumplidas, falso afecto, tequieros vacíos, frases hechas para la multitud que pierden su sentido en boca ajena, espacios incompletamente espaciados por su ausencia... En definitiva: vacío que nunca estuvo pleno.
Si esto es con lo que debo quedarme, si esto es lo que la vida me está enseñando, no lo quiero. No deseo aprender más. Me aferro a la ignoracia, seré más feliz.
Me pregunto si aún queda alguien con la conciencia en su sitio, de alma clara, de honestidad probada. A día de hoy, lo dudo.
Marco todo aquello que deseo desterrar de mi mente hasta tal punto que, cuanto más lo alejo, más próximo a mí se encuentra. Contradicciones de la vida. Por lo tanto, deberé machacarme cual masoca sin juicio. Revolcarme en el dolor hasta quedar exhausta. Así quizá, desaparezca del todo.
La realidad es distinta: en lugar de ordenar mis pensamientos, me siento delante de la pantalla y los aboco sin mesura. Es otra opción más, los veo, los escribo, los percibo, pero no los soluciono. Son claros y concisos, están ahí, presentes en cada segundo de mi día. Y como esta claridad a menudo me asusta, dejo que vayan nublándose, que se disipen a través del humo incesante que va saliendo (con demasiada frecuencia) de mi boca.
Pasen y vean, el dolor está en mi aire.
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